Viajar es un arma de doble filo, sobre todo viajar al extranjero. El que lo ha probado lo sabe, engancha. Pocas otras cosas superan la sensación de deslumbrarte ante maravillas que jamás soñaste contemplar, probar sabores extraños pero deliciosos y, lo más peligroso, sentirte como pez en el agua ante costumbres que no son las tuyas.
La mayor parte de la gente vuelve sin problemas, han tenido una experiencia bonita, han disfrutado de lo que el país les tiene que ofrecer, pero ya está. A otros se nos parte el corazón y nos dejamos trocitos por el camino. Hay viajeros que los dejan diseminados por todo el mundo, y si pueden convertirán su vida en un continuo peregrinaje con la esperanza de recuperarlos.